Las personas que ahora se escandalizan y arman la de Dios es Cristo porque en un colegio público han decidido suprimir el festival de Navidad, y justifican su escándalo por la pérdida de nuestras raíces, son probablemente las mismas que hace años dejaron de colocar el belén en sus casas y lo sustituyeron por el árbol de Navidad, o arrinconaron a los reyes magos para entregarse gozosamente consumistas en los brazos de Papá Noel, coca-cola en mano.

Cualquiera que haya acudido alguna vez a uno de esos festivales de navidad con los que se da fin al primer trimestre del curso escolar, habrá comprobado que a los pequeños ya no se les viste de pastorcillos ni cantan villancicos tradicionales.

En realidad se han convertido en una especie de minigala de Operación Triunfo en la que las niñas son disfrazadas y pintarrajeadas como fulanas y a los niños se les viste como macarras, para que bailen una canción de Bisbal. Éste era, al parecer, el caso.

Puestos a organizar escándalos gratuitos, la cosa llegó hasta la cumbre de la OTAN en Letonia, donde alguien que parecía ser periodista preguntó al presidente del Gobierno español sobre el tema, como si el presidente del Gobierno tuviera que estar al tanto de lo que hacen o dejan de hacer para Navidad los colegios de primaria. Si hubiera sido un periodista normal, sin ganas de incordiar, se habría dado cuenta de que el asunto es intrascendente en el ámbito que se planteó. Y, por otra parte, un buen periodista debe conseguir sacar el mayor provecho a sus preguntas, en lugar de pretender arrinconar a su entrevistado planteándole cuestiones que a priori sabe que no puede responder porque las ignora. El gacetillero no quiso sacar partido, sino tomar partido, que es muy diferente.

Éste es el país que tenemos, ésta es la prensa que tenemos y éstas son nuestras preocupaciones: que en una escuela de barrio han suprimido el festival de Navidad porque los profesores estaban hartos de perder el tiempo preparando coreografías de Bisbal.

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