Personalmente, la vida de De Juana Chaos me importa más bien poco. Sobre todo porque él mismo ha decidido acabar con ella, y si él mismo no la valora no seré yo quien lo haga. Me importa mucho más la injusta y cruel muerte de sus víctimas.

De Juana ha tomado una opción libre que se asemeja a la de los terroristas suicidas islamistas. Pretende echar un pulso al estado de derecho y, si fracasa en ese pulso, convertirse en un mártir de su causa. Una causa, por cierto, completamente fracasada, porque una nación no puede construirse sobre los cadáveres de víctimas siempre inocentes.

Sin embargo, sí me importa la salud de ese estado de derecho. Y modestamente, en este caso tan complejo, mi opinión es que no es bueno para nuestra democracia que un preso muera en la cárcel a causa de una huelga de hambre.

No ya por la imagen que nuestra democracia puede dar, ni siquiera por los argumentos a los que los simpatizantes de ETA se van a agarrar como clavos ardientes, sino porque la fuerza de nuestras convicciones puede permitirnos conceptos como la generosidad y la misericordia.

Sí, sí. La misericordia. Eso tan trasnochado, tan olvidado, tan despreciado. Ese concepto que tan bien deben conocer los que acuden a misa religiosamente.

Porque la generosidad y la misericordia nos hace más grandes, más justos, más humanos. No me importa la vida de De Juana. Me importa la grandeza de nuestra democracia.

"Justicia sin misericordia es crueldad." Santo Tomás de Aquino.

Se me podrá decir que De Juana no tuvo misericordia con sus víctimas. Ya lo sé, y escribo esto precisamente porque yo no soy como este tal De Juana.