Decir que 2007 es el Annus Horribilis del rey Juan Carlos es, posiblemente, una exageración, sobre todo si lo comparamos con el que padeció Isabel II, con las separaciones matrimoniales de sus hijos Carlos y Andrés y el incendio del castillo de Windsor, acostumbrada ya toda su familia a ser blanco de bromas, críticas y caricaturas. Y aún vendría después la oscura muerte de Diana para prolongar lo horribilis algunos annus más.

A Juan Carlos I, a fin de cuentas, le han caricaturizado groseramente al hijo y a la nuera, le han quemado algunos retratos desde la izquierda radical, han pedido su abdicación desde la derecha visceral, ha tenido unas palabritas con algún mandatario extranjero y se le separa la hija mayor.

¿Y qué?

De todos estos acontecimientos, Juan Carlos sólo puede salir favorecido, tal vez con la excepción de las multas de 3000 € a los caricaturistas de los príncipes.

Quienes queman sus retratos gozan entre el grueso de la población española de la misma simpatía que quienes queman banderas o contenedores: a la gente no le gustan los incendiarios.

Las críticas de Anasagasti a la Corona hacen en la ciudadanía tanta mella como la halitosis rediofónica y la caspa impresa. Lo dicho, tampoco nos gustan los incendiarios mediáticos.

Chávez no goza ni siquiera de la simpatía de la izquierda menos moderada porque su calaña totalitaria se ve de lejos.

Y, reconozcámoslo finalmente, Marichalar tampoco fue nunca santo de nuestra devoción.

Quizás no sea un annus tan horribilis, majestad.