¿Tienen los obispos y la Iglesia española derecho a expresar sus opiniones sobre la marcha de la política en nuestro país? Naturalmente que lo tienen, faltaría más. Como cualquier otro colectivo; como cualquier otro individuo. Pero no más que otros.

Vacías las iglesias y los púlpitos, quieren llevar su prepotencia y su rencor a la calle.

Me pregunto por qué no salieron a manifestarse durante la era Aznar, que no abolió la ley del aborto ni la del divorcio.
¿En qué párrafo del programa electoral del PP se dice que suprimirán la ley de matrimonios homosexuales?
Convocarán macro-mediáticas manifestaciones si Rajoy gana las elecciones y no prohíbe las investigaciones con embriones.

Es evidente que estas preguntas no necesitan respuesta porque todos la conocemos.

No seré yo quien descalifique a la Iglesia católica por sus flagrantes contradicciones. Al no sentirme miembro de ella, considero que los obispos tienen incluso derecho a hacer el ridículo cada vez que abren su boca para llenarla de frases tan altisonantes como huecas.

Siempre me ha sorprendido que hablen tanto y tanto de sexo unas personas que voluntariamente han renunciado a él para seguir un comportamiento sexual tan antinatural como es el celibato.

No me preocupa que el papel de las mujeres en la iglesia sea el de chacha y que no puedan acceder a cargos de alta responsabilidad; nadie las obligó.

Me descoloca que hablen tanto y tanto de la familia cristiana y tradicional unos señores y señoras que abandonaron la suya para no fundar ninguna, sino para vivir en comunidad.

Me rebela que ellos puedan pasarse la vida insultándonos y amenazándonos, y cada vez que (ejerciendo el mismo derecho a la libertad de expresión que reclaman) les llevamos la contraria y les criticamos, se rasgan las vestiduras, exigen amparo y continúan con sus amenazas e insultos.

Me ha indignado un poco que alerten sobre el peligro que corre la democracia con el actual gobierno, porque si hay algún colectivo absolutamente antidemocrático es precisamente la iglesia católica. Señor creyente: ¿tiene usted posibilidad de elegir libremente a su obispo? Entonces, señor obispo, no me venga con hipocresías.

Dígalo claramente: Soy obispo y odio a Zapatero. ¿Para qué tantos rodeos?

Reunir en Madrid a miles de millones de fieles cristianos (muchos de ellos con buena voluntad) que defienden la familia tradicional cristiana en la que el hombre es la autoridad y la mujer el afecto, está muy bien. Pero no pueden pretender que la sociedad, toda la sociedad, comulgue con sus ideas. Los derechos, todos los derechos, son para todos. No sólo para las familias tradicionales cristianas.

Reconozcamos que la sagrada familia, la de Jesús, era algo atípica, con un padre que ejercía como tal pero no lo era, y una madre que, dogma de fe, era virgen.

Jesús habla de la familia:

"A otro le dijo: Sígueme, y respondió: Señor, déjame ir primero a sepultar a mi padre. Él le contestó: Deja a los muertos sepultar a sus muertos, y tú vete y anuncia el reino de Dios. Otro le dijo: Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa. Jesús le dijo: Nadie que, después de haber puesto la mano sobre el arado, mire atrás es apto para el reino de Dios." (Lc 9, 59-62).

"Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun a su propia vida, no puede ser discípulo mío" (Lc 14, 26)

"No penséis que he venido a sembrar paz en la tierra: no he venido a sembrar paz, sino espadas; porque he venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra; así que los enemigos de uno serán los de su casa. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí" (Mt 10, 34-38).

"Vinieron su madre y sus hermanos, y desde fuera le mandaron a llamar. Estaba la muchedumbre sentada en torno de Él y le dijeron: Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan. Él les respondió: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y echando una mirada sobre los que estaban sentados en derredor suyo, dijo: Aquí tenéis a mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios ése es hermano mío y hermana y madre" (Mc 3, 31-35).