El acto de votar es la consumación del derecho que tenemos los ciudadanos de los países libres para decidir quién gobernará nuestro futuro inmediato. El próximo domingo día 9 los españoles estamos nuevamente llamados a las urnas. Se nos presenta por delante una semana de debates y postdebates, de mítines y desvaríos varios. Aquí van los míos.

1. Los obispos.

Si Rajoy gana las elecciones los obispos no tendrán que salir más a la calle como si fueran simples obreros.

Volverán a recogerse en sus púlpitos, desde donde lanzarán las directrices de gobierno. Es cierto que su apaciguamiento nos costará algún precio, pero quizás sea necesario para dejar de oír sus afectadas voces saliendo de la ultratumba.

Tal vez la investigación biogenética y todo eso de las células madre y los embriones dejen de tener partida presupuestaria para seguir avanzando en la lucha contra enfermedades como la diabetes, el parkinson o el alzheimer, entre otras.

Seguramente tendremos que seguir durante unos cuantos años viendo cómo nuestros familiares más queridos (o nosotros mismos) abandonamos este valle de lágrimas entre terribles alaridos de dolor mientras nos vamos ganando la vida eterna, incluso en contra de nuestra libre voluntad.

Habrá españoles que verán limitados algunos de los derechos que tanto les costó arrancar a los gobernantes. Y la sociedad lo verá normal. Tan normal como fue viendo que esos derechos eran asumidos sin que nada se viniera abajo. Y menos, la familia. Quizás esos españoles tengan que volver a agachar la cabeza. Quizás todos lo consintamos nuevamente.

Las mujeres tendrán que echar el freno. Dejaremos de oír hablar de la conciliación de la vida laboral y familiar porque, según la ley suprema -que está incluso por encima de la Constitución-, la mujer tiene una misión trascendental a la que no debe renunciar. La decisión sobre su propio cuerpo deberá esperar, al menos, otros cuatro años. Demasiado tarde ya para todo.

Se suprimirá ese engendro diabólico, escrito por el mismísimo Satanás, que se llama Educación para la ciudadanía y los derechos humanos. No hay más valores que sus valores. Ni más velos que los velos de sus monjas.

Las escuelas públicas irán convirtiéndose en contenedores de marginalidad (fue demasiado tarde ya para todo). Y ellos, amparados en su gobierno, reclamarán cada día más recursos para sus niños uniformados de gris marengo y sus niñas con faldita tableada.

Por fin estará cada uno en su sitio. Por fin todo volverá a ser lo que nunca debió dejar de ser. La ley suprema.

Y para equilibrar las desigualdades y las injusticias está la caridad. Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. O al revés.

Gánate el cielo con devoción, ejerciendo responsablemente tu derecho al voto, no vaya a ser que cuando la parca se vaya reconcomiendo tus últimos alientos, lances un mecagüentós y eches al traste tanto sacrificio.

Un precio algo elevado, sí. Pero, a cambio, dejaremos de ver la sombra del cuervo sobre nuestros hombros. Cuervos y gaviotas.

Votemos a Rajoy.