Resulta paradójico que Zapatero, que ha ganado las elecciones, haga autocrítica y prometa corregir sus errores, mientras que Mariano Rajoy, que las ha perdido, se reafirme en su proyecto que le ha dejado en la oposición y al borde del abismo. Rajoy debería entender que sus diez millones de votantes no apoyan totalmente su proyecto, sino que han reaccionado visceralmente contra Zapatero.

La ciudadanía de derechas se ha movilizado de forma masiva. Obsérvense los datos de Murcia, Valencia o Madrid. Por cierto, qué interesante divertida la pugna Aguirre-Pizarro vs Camps-Pons. Rajoy parece haber elegido... Aguirre se frota las manos con esa elección porque sabe que el partido no aceptará más delfines. Con uno, fracasado, basta.

Sin duda, en ese aumento de votos populares que han salvado a Rajoy de la humillación habrá muchos que en las anteriores elecciones votaron socialista y hoy día están cabreados con Zapatero. Son votos tan fluctuantes como imprevisibles. Son votos libres. Respetables. Son los votos que en unas elecciones pueden dar el triunfo a la derecha o a la izquierda.

Zapatero debería tomar nota de ello, porque ha ganado las elecciones con los votos prestados (una vez más) que provienen del sacrificio de la izquierda y de muchos nacionalistas... Votos volátiles que desaparecerán si las expectativas fracasan.

Desde el lunes pasado hemos visto algún movimiento en el PP. Zaplana se va, Acebes se retira... Son las dos figuras que han lastrado la necesaria imagen moderada de Rajoy. Quizás incluso tengamos la suerte de perder de vista a Aznar.

Pero no nos engañemos. Que no nos confundan las lágrimas de doña Elvira (la esposa de Rajoy, la única con alma en el balcón de Génova) ni el gesto compungido, abatido y a la vez digno del candidato derrotado la noche del 9 de marzo. Apartar o dejar que se aparten los que han sido primeros espadas sólo sirve para lavar la imagen. Pero recordémoslo: Rajoy iba en el lote. Desde el primer minuto. Rajoy formó parte de todos y cada uno de los gobiernos de Aznar.

Porque este Rajoy que parece no haber roto un plato en su vida, ese político del que llevan años diciendo que no es quien es -o quien aparenta ser-, ese centrista convencido, ese ser dialogante y comprensivo, fue nombrado directamente por Aznar. Sin primarias ni secundarias: a dedo. ¿Aznar dejando todo en manos de un moderado? ¿Quién se lo pudo creer?

¿Quién fue el que acusó a Zapatero de haber traicionado a las víctimas? Y más: de haber agredido a las víctimas.

Fue directamente don Mariano Rajoy.

Cambiar a Zaplana por Pons (Pizarro no, por favor... España no es una junta de accionistas), a Acebes por Camps y continuar soportando a la mosca cojonera de Gallardón no es variar el proyecto, sino cambiar la imagen. Sería como cambiar sus gaviotas por golondrinas. Y qué.

Lo que España necesita es un partido de derechas sin complejos. ¿Qué es eso del centro? Del centro pueden ser los votantes, pero no los partidos. Esos votantes de centro se escorarán una vez a babor y otra a estribor en función de las ofertas electorales. Pero el centro no existe.

Necesitamos una derecha que presuma de ser derecha. Una derecha europea, democrática, convencida de su futuro. No una derechona carca y casposa, halitosa del franquismo, esclava de las sotanas, secuestrada por oscuros intereses mediáticos conspirativos.

Rajoy puede suponer la auténtica transición dentro de su partido... pero no es su futuro porque está demasiado ligado al pasado. En los próximos meses miraremos con curiosidad los movimientos que se vayan produciendo convencidos de que en un momento inesperado surgirá la voz que liderará esa derecha tan necesaria para que España pueda por fin olvidar sus fantasmas.

Por cierto... ¿Alguien sabe algo de nuestro querido Vicente Martínez Pujalte?