España es un país curioso y contradictorio donde, a base de bandazos, se llega siempre al extremo. La Semana Santa es un claro ejemplo de ello.
Las calles de todo el país se llenan de cofrades, penitentes y nazarenos portando pasos, haciendo sonar cornetas y carracas, redoblando tambores y aporreando bombos, en un impresionante espectáculo de color, sonido y olor a incienso en el que la sangre, la corona de espinas, los clavos, los latigazos, las lágrimas y la cruz están siempre presentes. Millones de personas que contemplan estremecidas el paso de capirotes y vírgenes, de romanos, de estandartes... El silencio roto por una saeta.
Hará mal la Iglesia si sucumbe al espejismo de estos cuatro días de devoto recogimiento.
La mayoría de esas personas no han pisado una iglesia en todo el año... y no piensan hacerlo en el siguiente, salvo bodas, bautizos y comuniones. Y, a veces, ni eso, que el cigarrito y la charla en la puerta nos puede. Cuando acabe la procesión marcharán gozosos a tomarse unas cañitas con unas gambas a la plancha y un plato de jamón, dejando el capirote sobre el mostrador. Están en su derecho. Sí, la contradicción es también un derecho.
Quien quiera ver mucho más se está engañando. Los cristianos deben dar testimonio de fe, pero esto de la Semana Santa es pura y llanamente folklore. Y, como todo folklore que echa sus raíces en las más antiguas tradiciones, absolutamente respetable y admirable.
Quizás víctimas de ese espejismo, algunas voces no han tardado en proclamar el ejemplo de Cristo, llegando en su desfachatez incluso a politizar su sacrificio.
Habla el arzobispo emérito de Pamplona del sufrimiento del Hijo de Dios en su encuentro con la muerte y pretende que todos hagamos lo mismo, creyentes y no creyentes. Nos reprocha tener miedo al dolor. Afirma una bobada tan simple como impropia: Jesús no tuvo cuidados paliativos y murió dignamente. O miente o se equivoca.
La cruz la ha dignificado el cristianismo.
En su época, la muerte en la cruz no era una muerte digna, más bien todo lo contrario: humillado, torturado, con una corona de espinas, con la espalda rota a latigazos, paseado por las calles con el madero a cuestas, ensangrentado, clavado, desnudo, expuesto a la burla o a la compasión... ¿Dónde está la dignidad? La muerte no fue digna. Digna fue la persona. O el dios. O el Hijo de Dios.
Aparta de mí este cáliz. ¿Por qué me has abandonado? Un soldado mojó sus labios con vinagre... No le quebraron las piernas porque ya había muerto. ¿Qué cuidados paliativos no habría aportado María para evitar el prolongado sufrimiento del hijo? ¿O Magdalena? ¿O Juan?
Chantal Sébire ha muerto con toda la dignidad. Los indignos son quienes dudan de ello, lleven toga o sotana.
Cuando hablamos de muerte digna nos estamos refiriendo a la muerte, no a la persona que va a morir. Ésta es siempre digna. ¿Quién lo ha dudado?
Y, aunque así fuere, ¿por qué tenemos que vernos obligados a seguir el ejemplo sufriente de Cristo? La imagen del dolor de Juan Pablo II desde su ventana del Vaticano conmovió a todos los cristianos. ¿Se les puede exigir la misma actitud santa? ¿También a los no cristianos?
La Iglesia puede dar dos testimonios acerca de Cristo: el de su vida o el de su muerte. Parecen haberse decantado por el de la muerte.
Juan XXIII, hace 45 años, eligió el testimonio de vida. Nunca lo harán santo.



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