- Yo voté al Partido Popular, pero ahora, viendo cómo están las cosas, me alegro de que ganara Zapatero.

Esta frase la escuché hace un par días cuando estaba dándole vueltas a todo esto que le está pasando a Rajoy. Andaba yo preguntándome qué habría pasado si el PP no hubiera sido derrotado el pasado 9 de marzo. La derrota ha destapado toda la basura que se ha ido escondiendo debajo de la alfombra.

Hoy me he preguntado cuántos de esos militantes que se han manifestado en Génova a favor de San Gil y han pedido la dimisión del actual presidente del partido, no hace ni tres meses afirmaban con total rotundidad que Mariano Rajoy era el líder indiscutible, imprescindible, impagable, increíble, inextinguible de un partido unido como una piña en torno suyo, sin fisuras, fuerte como una roca, indisoluble, inquebrantable, inmutable, imperecedero...

Pero cuando un barco se hunde, todos sabemos quiénes son las primeras en saltar por la borda al grito de la culpa del capitán.

Rajoy, no obstante, está recogiendo lo que sembró durante estos últimos años: el fruto de su designación a dedo, de su debilidad de criterio ante presiones mediáticas, de una forma descabellada de hacer oposición que sólo podía llevar a la derrota, de un equipo irresponsable que le impedía salirse de un guión marcado por la alargada sombra del carroñerismo. Y parecía sentirse a gusto en ese papel.

¿Qué ha cambiado?

La derrota. Ahora vemos a un infeliz Rajoy, inmaduro e incapaz, pretendiendo manejar el timón de un partido impredecible, insensato, intransigente, inmisericorde. Impresentable.

¿Podíamos sospechar esto hace unos meses?

Imposible. Increíble.

Afortunadamente, ganó Zapatero.