Decía Homero que la juventud tiene el genio vivo y el juicio débil.

En los últimos tiempos se viene destacando como un gran mérito el hecho de ser joven. Tenemos una portavoz parlamentaria muy joven en el PP, una secretaria de organización jovencísima en el PSOE y la ministra más joven de la historia universal del mundo superguay en el gobierno. Mujeres jóvenes.

Pero la juventud, en sí misma, no es absolutamente nada. Igual que la madurez o la vejez. Consisten unas y otras en ir dejando pasar el tiempo para ir ascendiendo (o descendiendo) en el escalafón. De hecho, ser joven no tiene ningún mérito: todo el mundo ha sido joven, hasta Sarita Montiel. Tampoco es mérito ser mujer: Esperanza Aguirre lo es. No es un mérito tener los ojos verdes como la albahaca, sino saber mirar con ellos, y la visión que ellos tengan del mundo que nos rodea.

En realidad, el mérito sería ser joven con cincuenta y cinco años.

Rousseau decía que la juventud es el momento de estudiar la sabiduría; la vejez, el de practicarla.

Presentar como aval para un nuevo cargo de gran responsabilidad la juventud del candidato es una necedad. Por desgracia, estamos en un momento y en un lugar (España, 2008) en el que eso es lo que triunfa: la superficialidad, lo intrascendente, el debate acerca de las corbatas...

No se reseñan los méritos de los candidatos. Posiblemente no hayan tenido tiempo material para lograr muchos.

El mérito es el resultado de las buenas acciones que hacen digna de aprecio a una persona.

La juventud, como la madurez o la vejez, no es una acción (ni buena ni mala), sino un estado -transitorio- del ser humano. La juventud (la madurez o la vejez), por tanto, no es un mérito. Hay quienes opinan que más que con el tiempo, la juventud está relacionada con el estado de ánimo, y entonces sí podría considerarse meritorio.

No estoy escribiendo un alegato contra la juventud, sino contra la fatuidad de quienes piensan que los pocos años sobre la faz de la tierra son un mérito digno de valorarse para ostentar un cargo.