Derribado el muro de Berlín y derrotado el comunismo, el capitalismo salvaje se creyó que -ahora sí- todo el monte es orégano.

Era el mercado el que dictaba las leyes; todo era válido si era bueno para el mercado. Porque el mercado redundaba en beneficio de los ciudadanos que, obnubilados por el propio mercado, se lanzaban convulsivamente a lo que es la base del mercado: el consumo.

Primero el consumo alegre, luego el consumo desaforado y finalmente el consumo compulsivo.

Dejamos de ser ciudadanos para ser consumidores.

La avaricia rompe el saco. Ese mismo capitalismo salvaje, omnipotente, supo mover los hilos. Su propósito es el que han seguido todos los ismos políticos: la hegemonía.

Se inventó aquello de la globalización -globalización del mercado- para hacerse también omnipresente. Quiso poner al frente de la operación a la marioneta más inculta, inútil y, por tanto, fácil de manipular que encontró entre los candidatos al puesto. Y lo encontró, aunque tuvo que manipular unas elecciones para llevarlo a la presidencia.

Bush es el presidente más nefasto de toda la historia de los Estados Unidos. Lo ha demostrado con creces. Lo malo es que ha sido nefasto no sólo para su país (que ya sería muy lamentable) sino para toda la humanidad.

La cosa no les iba mal. El inútil personaje siguió las líneas que marcaba el mercado. No le importó llamar a otros inútiles tan nefastos como él para invadir un país, provocar centenares de miles de muertos, y en nombre de la democracia -la coartada del capitalismo salvaje- sacar tajada.

No sacaron tajada, y si la sacaron la dilapidaron cagando leches.

Pero la bestia ya había salido de su jaula. El pelele no podía hacer nada para combatirla. Revolcándose en su miserable existencia quiso dar unos últimos coletazos antes de pasar a la historia como el presidente más nefasto de toda la historia de los Estados Unidos. Incluso los suyos le dieron la espalda porque de donde no hay no se puede sacar. Y menos de un moribundo.

Y la bestia va dando cornadas al aire porque se niega a creer que la solución la tenga su eterno enemigo, del que tanto se ha burlado, al que tanto ha menospreciado, al que tanto y tanto ha humillado...

¿Cómo va a tener la solución a los problemas que la bestia ha creado su secular enemigo, el socialismo?

No. Eso nunca.

Cuando todo pase, a la democracia sólo le queda la esperanza de ver a la bestia derrotada, de ver que la vida es del ciudadano y no del mercado.

A la democracia tampoco le importaría ver al pelele y sus secuaces en un banquillo siendo juzgados por los crímenes contra la humanidad que cometieron para alimentar a la bestia.