Históricamente, la huelga la ejercieron siempre los trabajadores con la intención de reivindicar mejoras en sus condiciones laborales o salariales, o manifestar una protesta. Cualquier constitución democrática ampara el derecho a la huelga como uno de los principales pilares del propio sistema democrático.
Pero, como todos los derechos, éste también conlleva algunas obligaciones.
Por tanto, no llamemos huelga a lo que no es.
Es cierto que la palabra huelga admite calificativos:
La huelga a la japonesa es la que realizan los trabajadores aumentando el rendimiento de su trabajo para crear a la empresa un excedente de producción. Dudo que se haya ejercido alguna vez en España.
La huelga de brazos caídos es la reivindicativa o de protesta que se practica en el puesto de trabajo permaneciendo inactivo. En nuestro país no tiene ninguna repercusión, porque esa actitud es bastante habitual, sobre todo cerca de la máquina del café.
La huelga de celo consistente en aplicar con meticulosidad las disposiciones reglamentarias y realizar con gran lentitud el trabajo para que descienda el rendimiento y se retrasen los servicios. En España somos especialistas en ello, aunque la intención no es fastidiar a nadie... porque fastidiar a la gente no entra dentro de nuestras competencias de manera estricta.
Luego están las huelgas de hambre -desprestigiadas desde que bestias criminales recurren a ellas ficticiamente para llamar la atención de los medios-, las huelgas revolucionarias -olvidadas en los cajones de la historia porque esteremos jodidos, pero la visa es la visa-, y la huelga salvaje que, en el fondo, es la única que hoy día funciona y que se caracteriza porque se produce bruscamente o por sorpresa sin cumplir los requisitos legales, en especial el plazo de preaviso.
Por eso, a esto que está pasando con los pilotos y los controladores no podemos llamarlo huelga. Ni siquiera huelga encubierta. Es, sencilla y llanamente, un boicot de un gremio privilegiado que hasta se ha permitido el atrevimiento -por boca de algún representante fashionsindical- de advertir que pueden derrocar gobiernos. Qué miedo, ¿no? Tejero también lo creyó. Pero Tejero era más cutre y, probablemente, le olía el aliento.
Ni siquiera tienen arrestos para ponerse en huelga. Por dos motivos: Primero, los señoritos no hacen esas cosas tan propias de obreros. Segundo: les supondría reducción de haberes. Es, sencillamente, un insulto para los trabajadores que, en estos tiempos difíciles, ven peligrar su modesto puesto de trabajo.
A este paso, cualquier día irán a la huelga hasta los jueces...
13 ene 2009 | 12:52 PM
No seré yo quien ponga "peros" a la huelga. Lo que entiendo es que es necesaria una regulación de este derecho de los trabajadores.
No puede permitirse que una pandilla de privilegiados ponga en jaque la normal marcha de un país, riéndose además tanto de su empresa, como del gobierno y de los ciudadanos.