Desde que tengo uso de razón, el gran coco de la economía siempre había sido la inflación. La inflación era aquello que debíamos controlar para entrar en el euro. La inflación era la culpable de que, por sistema, no llegáramos a fin de mes. Las pensiones o los aumentos salariales estaban en función del IPC. El objetivo siempre fue la contención de precios.

Pues ahora resulta que no. El mayor enemigo de la economía mundial no es la inflación, sino la deflación, es decir, la caída en picado de los precios.

Lo malo es que esa caída de precios viene motivada por un descenso de la demanda y por una oferta demasiado abundante, lo que implica falta de inversiones y aumento del desempleo. Un círculo vicioso del que no es fácil salir.

En los años ochenta, la burbuja especulativa provocó una gran deflación en Japón. A mediados de los noventa, las empresas se dieron cuenta de que sus capacidades de producción y de efectivos eran demasiado grandes y sus deudas demasiado importantes. Dejaron de invertir y los precios y los salarios empezaron a disminuir.

Sin embargo, la deflación favoreció a los más ricos y a los jubilados, cuyos ingresos fijos les permitían ganar poder adquisitivo a medida que bajaban los precios. En cambio, para muchos asalariados la deflación significó precariedad e inseguridad financiera.

A la precariedad del empleo se añadía el hecho de que, debido a la caída de los precios, era más rentable poner el dinero bajo el colchón y gastarlo lo menos posible, en lugar de invertirlo en bolsa o en la compra de una casa o de un coche.

Inflación o deflación. El caso, siempre, es joder.