Los medios de la derecha española están muy satisfechos con la visita del señor Tarcisio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, porque en su conferencia de ayer presentó una especie de enmienda a la totalidad a todo el programa social del Gobierno español.

Algo así como si pensaran que el ministro de asuntos exteriores de otro país puede marcar la política social de nuestro país soberano. Y esos son los que se llaman patriotas.

Ni una sola de las iniciativas que planea el jefe del Ejecutivo, José Luis Rodríguez Zapatero, para esta legislatura escapó a la magistral reflexión del número dos del Vaticano. [...] El "jefe del Gobierno" vaticano defendió la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer; el derecho a la vida, a la educación de los hijos según las convicciones religiosas de sus padres, y a la libertad religiosa, que conlleva indefectiblemente la manifestación libre y pública de la fe y de los principios morales por parte de la Iglesia católica y de los ciudadanos. Es decir, los mismos mensajes ya lanzados por la Conferencia Episcopal española, que ha sufrido durísimos ataques por parte del Ejecutivo por esta causa. FUENTE

¿Y?

¿Alguien pensaba de verdad que el número dos del Vaticano iba a decir otra cosa? Se puede ser iluso, pero no gilipollas. La postura de la iglesia católica respecto al aborto, el matrimonio, la educación, la sexualidad, la eutanasia... es meridianamente clara. Algo que, desgraciadamente, no pasa con el gobierno ni con el partido socialista.

Por cierto:

¿Dijo algo el señor Bertone acerca de la violencia machista?

Da la impresión de que no la condenan -si es que lo hacen- con las mismas fuerzas que a esa asignatura que les lleva por la calle de la amargura.

Lo que parece que no tienen muy claro algunos medios informativos y algunos representantes políticos de la derecha española es que la opinión de los obispos, cardenales y papas, o las leyes de la iglesia de Roma, obligan sólo y exclusivamente a los fieles católicos. Al resto de los mortales nos obligan única y exclusivamente las leyes civiles del Estado en el que vivimos, no las leyes de otro Estado, por muy vaticano que sea.

Nos parecerá muy bien o muy mal -o indiferente en mi caso- que la Iglesia prohíba y condene el aborto, el matrimonio gay, la eutanasia, los condones, la masturbación, las relaciones sexuales con fines ajenos a la procreación, la educación para la ciudadanía o comer carne en viernes santo. Sus fieles están obligados a cumplir esos mandatos... si son sinceros con su fe.

Naturalmente que los obispos, cardenales y papas tienen derecho a expresar libremente su opinión. Faltaría más. El mismo derecho -exactamente- que yo a criticarlos y, por supuesto, a hacer oídos sordos a sus palabras. Porque como ciudadano libre de un país soberano e independiente, constitucionalmente aconfesional, sólo estoy obligado a acatar la Constitución y demás leyes de mi país.

¿A que resulta tan obvio que da hasta vergüenza tener que recordarlo?