Para algunos, Zapatero fue decepcionante desde antes del primer minuto. Planearon una estrategia de acoso y derribo que comenzaron a desarrollar incluso antes de que asumiera el cargo para el que el pueblo español lo había elegido. Nunca le perdonaron que ganara las elecciones de 2004 y se la tienen jurada desde entonces. La victoria en 2008 no apaciguó sus ánimos, y con los resultados de las autonómicas gallegas -no entiendo su júbilo con las vascas, en las que perdieron votos y escaños-, están muy creciditos.

Quienes desde antes del primer minuto hemos manifestado abiertamente nuestro apoyo a Zapatero y nos hemos ido alegrando cada vez que nuestro gobierno -el gobierno de España- abría una ventana o sacudía alguna alfombra, y daba importantes pasos para conseguir algo tan necesario como la igualdad de derechos, vamos notando, sin embargo, cómo Zapatero empieza a padecer el llamado síndrome de la Moncloa: actuar de manera presidencialista, no reconocer ningún error y menospreciar -el siguiente paso es despreciar- a quienes no opinan como él.

Era Zapatero tan distinto a su antecesor que sentíamos un inmenso alivio. Frente a la prepotencia, la chulería, el gesto altivo y desagradable, nos encontramos con aquello de lo que tantos se burlaron: un talante distinto. ¿Queda algo de todo aquello?

El Partido Popular cometió muchos errores durante su mandato. Algunos gravísimos, como la guerra de Iraq. Pero ninguno de ellos les inhabilita para gobernar ni mucho menos para ejercer la oposición.

Que los dirigentes del Partido Socialista, empezando por el propio Zapatero, cuando se sienten acorralados por culpa de sus propios errores que se niegan a reconocer, salgan siempre con Iraq, es cometer un nuevo error. Sobre todo porque parece que no hay otro tema con el que atacar al PP pero, peor aún, porque da la impresión de que no hay argumentos sólidos de defensa.

Recurrir a la guerra de Iraq para defenderse de los ataques (con todo lo grave que fue y sigue siendo el tema de Iraq) es ponerse al nivel de los populares cuando todavía sacan a relucir el asunto Gal.

Es cierto que se dice que la mejor defensa es un ataque. En una democracia no debería ser así. La mejor defensa son los argumentos, las razones, los porqués y los para qué.

Y si eso no se encuentra -que ya está bastante mal- por lo menos que el ataque sea bueno. Recurrir una y otra vez a Iraq es una pésima defensa. Es el infantil "y tú más" que no vale para nada y, en adultos, avergüenza.