Ayer, Patxi López fue elegido lehendakari. Fue ayer, no el pasado 1 de marzo.

Las elecciones del 1 de marzo fueron para elegir al parlamento vasco. Unas elecciones que, en número de votos y de escaños, ganó el PNV.

Aquí, en este punto, es donde se quedan los (interesados) nacionalistas. Pero hay que contar toda la verdad si se desea no mentir.

A partir del momento en que los ciudadanos eligen a sus representantes en el parlamento, son éstos quienes eligen al lehendakari. Ocurre lo mismo en el parlamento español. Por tanto, el que más votos tenga en el parlamento es quien recibe la responsabilidad de gobernar. Así de simple, de sencillo, de legítimo y de democrático. ¿Alguien lo pone en duda?

Otra cosa es que seamos unos cuantos los que dudamos de pactos contranatura.

Desde medios nacionalistas (les gusta llamarse abertzales porque suena como más heroico, más legendario, más diferenciador... nacionalistas a fin de cuentas) afirman que la sociedad vasca es abertzale porque hay una clara mayoría con ese sentimiento.

La mayoría no está tan clara, porque se basa en otra falacia: hay ciudadanos vascos (y ciudadanas vascas) que no han podido votar.

Como siempre, las medias verdades son grandes mentiras. Lo cierto es que en las pasadas elecciones del 1 de marzo hubo ciudadanos y ciudadanas (vascos y vascas) que no pudieron votar... a cómplices de asesinos. O a asesinos, directamente.

¿Se quejan los alemanes por no poder votar a los nazis, se resiente la democracia? Más bien al contrario, se refuerza. Todos y cada uno de los vascos y de las vascas pudieron votar el día 1. Todos. Porque no deberíamos nunca olvidar (y los responsables políticos menos) que no todas las opciones son legítimas, ni válidas, ni respetables...

Mañana día 7, el lehendakari López jurará su cargo. Habrá polémica si no dice el juramente tradicional, redactado en su día por Juan Ajuriaguerra:

«Ante Dios humillado, en pie sobre la tierra vasca, en recuerdo de los antepasados, bajo el árbol de Guernica, juro desempeñar fielmente mi mandato».

Escalofríos. Los pelos de punta.

Los nacionalistas tienen el problema de no saber qué es la Historia, y a ella le atribuyen todos los honores y la hacen intocable.

Para ellos, la Historia comienza en el momento exacto en que ellos ponen el reloj. No en Atapuerca.

No se dan cuenta de que nosotros, quienes en este momento vivimos, trabajamos, creamos, escribimos, leemos o hacemos el amor, también formamos parte de la Historia.

Somos Historia.

Y de igual manera que un buen día a un señor se le ocurrió que el presidente de todos los vascos y las vascas debía humillarse ante Dios, puede suceder que a otro señor, con la legitimidad que le confiere su cargo histórico (y el momento histórico que le ha tocado vivir: siglo XXI), decida que -con toda probabilidad- a los ciudadanos vascos y vascas no les guste mucho que su presidente se humille ante nadie. Ni siquiera ante Dios. Y seguramente a Dios todas estas cosas le importen un comino.

No todas las tradiciones tienen el derecho de ser conservadas.

Resumiendo: Que, por lo menos, comienza el siglo XXI para el País Vasco.