Que vivimos en un país paradójico lo demuestran pequeños hechos cotidianos (como el que se narró aquí mismo del fontanero que se queja de la falta de trabajo y tarda quince días en venir a tu casa para reparar un desagüe) a grandes acontecimientos de carácter político o deportivo.

Ayer, al comienzo del partido de fútbol que finalmente daba la copa (llamada del Rey) al F.C. Barcelona en su enfrentamiento con el Athletic Club de Bilbao, pudieron escucharse abundantes y sonoros abucheos y pitidos, tanto contra el himno nacional español como contra el Rey de España, por parte de las dos aficiones. Y no precisamente de grupos minoritarios.

Es paradójico que se participe en una competición que tus seguidores repudian o desprecian, sorprende el interés con que ambas aficiones animaban desde días o semanas antes, y da vergüenza comprobar la hipocresía de tantísima gente que quiere ganar un trofeo que parece odiar.

Porque esa copa, ese trofeo, lleva el nombre de copa del Rey (del Rey de España, no del de copas o de bastos) y fue creada en 1903. Así se llamó hasta 1932 para pasar a llamarse Copa del Presidente de la II República y después Copa del Generalísmo, y más tarde otra vez Copa del Rey: es la historia de España... Nada nuevo.

Los abucheos sí son nuevos: son los signos de la actualidad, es decir, la mala educación, la desvergüenza y la hipocresía. Lo curioso es que el Athletic ha ganado 23 (tal vez 24) y el Barça 26 copas de esas que sus aficionados parecen repudiar.

Otra paradoja está relacionada con el mismo partido de fútbol. Televisión Española no transmite la llegada del Rey al estadio ni el himno. Al darse cuenta del error, deciden emitirlo en diferido... silenciando los abucheos y pitidos. ¿Con qué intención? Sin duda, son los ramalazos dictatoriales que conservan algunos dirigentes de nivel medio. La paradoja es que aquél que había sufrido los insultos, el propio Rey, los escuchó alto y claro en vivo y en directo. Y los soportó con la profesionalidad que caracteriza a este hombre desde hace 34 años. Ahora TVE dice que no hubo censura, pero han cesado al responsable.

Aunque estas paradojas pueden parecer menores, viniendo de un acontecimiento deportivo, tienen un trasfondo tan peligroso como vergonzoso: las minorías violentas y radicales pueden hacer que sus mensajes calen con facilidad entre la masa aborregada (nunca mejor dicho) que cree disputarse la gloria.