No cabe duda de que estamos viviendo el paso de una era a otra, como en su día lo fue la ilustración o el proceso de industrialización.
Pero mientras los avances tecnológicos nos van dejando con la boca abierta casi a diario, constituyendo una auténtica revolución en las economías de las naciones y en las costumbres de los ciudadanos, nuestro esclarecido líder de la oposición se dedica en los mítines electorales a hablar de tomates, pimientos, pepinos y cebollas, y sus incondicionales jalean cada hortaliza mencionada por este señor que quiere ser presidente, y se burlan de quien propone que España siga progresando y se coloque definitivamente al lado de las potencias que conducen al mundo hacia el futuro.
Rajoy concluye su listado de lustrosos productos de la huerta con un "eso es desarrollo sostenible". Para Rajoy el futuro se sostiene en el gazpacho.
Rajoy y los suyos no es que sean conservadores -qué más quisieran ellos mismos-, es que son, sencillamente, retrógrados.
Quieren anclarnos en el siglo pasado, por eso todavía reclaman trasvases de aguas, para que se siga dependiendo de la agricultura, importándoles un bledo que ésta ya nunca pueda ser competitiva, que los tomates del Magreb siempre saldrán más baratos y que el consumidor no tiene sentimientos patrios cuando de su bolsillo se trata.
Una España, en definitiva, de espaldas al futuro.
¿Estoy diciendo que hay que abandonar a su suerte a nuestros agricultores? Ni muchísimo menos. Más bien al contrario: dejar las cosas como están en este momento, o retomar medidas trasnochadas, inviables e insostenibles es condenarlos a la ruina más o menos inmediata.
Estoy diciendo que España tiene que invertir en investigación, desarrollo, tecnología e innovación también para que nuestra agricultura sea más competitiva.
Y, si de paso los tomates recuperaran el sabor a tomate, entonces nos saldrían unos gazpachos que para sí los quisiera Rajoy.
28 may 2009 | 07:39 PM
!! Que mas quisiera ese híbrido llamado Rajoy, que saber a gazpacho!!. Le falta sal y el perfecto ensamblaje del aceite y el vinagre, que da sabor y consistencia al agradable brebaje veraniego.
El se queda en una insípida sopa hecha a base de mentiras que ni calienta ni alimenta, solo ponderada por estómagos agradecidos.
Un abrazo.