Sobre la prohibición del burka.
el 5 jul - sin comentarios
Los veíamos hace unas semanas en cualquier telediario gritando aquello de Prohibido prohibir. No recuerdo si era a causa de la ley antitabaco o de la posible prohibición de las corridas de toros en Cataluña, pero es indiferente para lo que nos ocupa.
El eslogan Prohibido prohibir fue tal vez necesario en aquel mayo del 68, pero hoy es una bobada en boca de pequeñoburgueses (esta palabra resulta ya estúpida) y gente pija que ha descubierto la calle como lugar donde manifestar no sus necesidades sino sus apetencias.
Por mi parte, soy bastante partidario de las prohibiciones. Sí, así, en general, en plan totalitario, fascista,, marxista y tal (Cospedal dixit).
Sobre todo porque vivimos en un país que nunca entendió bien lo que es la democracia y la libertad, y creemos que el derecho individual a emborracharnos, vociferar y vomitar en las terrazas de cualquier bar prevalece sobre el derecho del individuo a descansar en su casa, incluso en verano.
Si hubiera auténtico civismo, tal vez podríamos hablar de ir prohibiendo las prohibiciones.
A mí ver una persona desnuda por la calle me resultará incómodo. Ver a una mujer bajo un burka me da miedo. Y nunca he visto ni una cosa ni otra.
Yo prohibiría el burka, sin ninguna duda.
El hecho de no haber visto nunca a ninguna mujer aprisionada bajo la vestimenta infame no significa que me tenga que sentir indiferente ante ello. Y, a pesar de todo, entiendo la postura de quienes afirman que es mucho peor ese burka doméstico, ese infierno encerrado entre cuatro paredes. Pero esa tragedia también la viven miles de mujeres que no llevan burka. Hay que acabar con el burka y con todos los velos humillantes. No es sólo por la supervivencia de los valores democráticos, ni siquiera por la dignidad de las personas. Es por pura lógica.
Sin embargo, me resulta bastante nauseabundo comprobar que este tema del burka se está exponiendo al debate de manera oportunista, convirtiéndose en otro elemento más para el pim pam pum contra el gobierno de España. Es peligroso sacar estos temas fuera de contexto, porque se termina frivolizando sobre ellos.
Cuando prohibamos el burka debemos tener muy claro por qué lo hacemos.
A mí no me vale eso de la seguridad. En Semana Santa, cientos de miles de personas ocultan su rostro bajo velos y capirotes que apenas dejan ver sus ojos. Se les ve pasar con respeto, y a nadie se le ocurre pensar que -¿por qué no?- bajo la túnica de aquel cofrade que toca el bombo con devoción, hay un cinturón cargado de explosivos que va a hacer saltar por los aires al paso, al Cristo, a quinientas personas y a la santa madre que nos parió. Así sea un Salzillo.
Tampoco me vale como argumento lo de la dignidad de la mujer. En las procesiones de Semana Santa he visto mujeres penitentes con el rostro oculto, con los pies descalzos encadenados, cumpliendo una promesa, precedidas de un señor ensotanado que en lugar de decirles "mujer, levántate, tus pecados (si es que los tuviste) ya han sido perdonados", prefiere secundar un rito cruel, con el beneplácito de las autoridades civiles y militares y de la oficina de turismo.
Ni siquiera me valdría el aspecto religioso. Y no sólo porque en España hay libertad de culto, sino porque puede haber comparaciones odiosas. Miles de mujeres se mueven por nuestras calles y nuestras escuelas con el pelo oculto por precepto de su orden religiosa. Incluso algunas se encierran de por vida tras unas rejas reales.
Prohibamos el burka, sí. Pero seamos sinceros: Lo prohibimos porque nos aterroriza. Y nos aterroriza porque representa el grado máximo de la humillación hacia la mujer, del desprecio hacia la igualdad, del triunfo de la injusticia, del miedo, de la tortura.
Lo prohibimos porque es un ataque directo a la línea de flotación de nuestro régimen de libertades.
Y como nos aterroriza, debemos ser absolutamente implacables. Precisamente por eso.



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