Es verdad que a los españoles nos hacía falta un buen chute de optimismo. En realidad, lo que necesitábamos era sentirnos orgullosos de algo nuestro.

La selección española de fútbol lo ha conseguido. Y lo ha hecho transmitiendo unos valores que todos consideramos positivos: siempre será mejor ver a nuestros hijos imitando a Iniesta en su modesta grandeza que a Nigel de Jong y su terrible patada sobre Xabi Alonso.

Entendí la explosión de patriotismo futbolero del fin de semana y del lunes, y del martes... Pero hasta ahí, porque nos va a salir el Mundial hasta por las orejas, y sabido es que lo poco gusta y lo mucho cansa.

Me produjeron náuseas algunas comparaciones que desde los medios de comunicación más ultras se hicieron con otras manifestaciones recientes, con otras banderas diferentes.

Estos tipos politizan todo y de todo quieren sacar provecho: se molestaron con el término La Roja, polemizaron sobra la conveniencia o no de la presencia de Zapatero en la final para acusarle de ir si acudía y de no ir si se ausentaba. Incluso pretendieron humillar a Sara Carbonero (lo vi en una tertulia televisiva) porque seguramente no entienden que una mujer [muy] guapa esté dando información deportiva.

Por mi parte, pasada esta tremenda resaca, voy a comentar algunas cosas que han pasado por mi cabeza y que no tienen la menor trascendencia:

Hace un par de años, cuando la Eurocopa, embriagados también entonces del espíritu patrio, se propuso aquella bobada de ponerle letra al himno nacional. Tal vez para que la SGAE tuviera una nueva fuente de ingresos.

Las letras de los himnos son bastante desafortunadas, suelen hablar de guerras, de victorias y derrotas, de grandezas fatuas. A algunos, como al de Holanda, la historia les juega una mala pasada. En la final del Mundial, a disputar contra España, los jugadores holandeses tuvieron que cantar:

De Orange mi blasón,
al rey señor de España
rendí yo siempre honor.

Por suerte la iniciativa de ponerle letra a nuestro himno fue un fracaso y continuó como siempre había sido: mudo. Interpretado por una orquesta gana mucho a si lo hace una banda militar.

Reconozco la emoción que siento al escucharlo y ver a los jugadores de La Roja abrazados mirando al frente o mirando al cielo, como Sergio Ramos.

Hemos visto en este Mundial a un Cristiano Ronaldo que no cantaba el himno de su país al contrario que sus compañeros de equipo, y a unos cuantos jugadores alemanes que también mantuvieron su boca cerrada [vídeo] cuando sonaba la música de Haydn.

¿Se imaginan la que aquí se habría organizado si al cantar las gloriosas hazañas de España algunos jugadores hubieran preferido no despegar los labios? Probablemente se le habría exigido al presidente del gobierno de turno la inmediata expulsión de la selección y su inhabilitación permanente para seguir jugando en España.

Pero es que, además, hay otro problema que vengo observando cada vez que en un estadio de fútbol se tararea el himno nacional: los españoles no nos sabemos ni siquiera el lo-lo-lo-lo.

Nuestro himno, en la versión abreviada que se escucha en este tipo de acontecimientos, se compone técnicamente de dieciséis compases que se dividen en dos secciones, cada una de las cuales tiene cuatro compases repetidos (AABB) [escuchar himno].Bien interpretados, los cuatro últimos compases tienen un solemne final que puede ponernos la piel de gallina.

Pues bien, si prestamos atención comprobaremos que la enardecida afición española se salta la repetición de los primeros cuatro compases y se va directamente al tercero (ABB). Y eso a pesar de que afortunadamente suena cada vez con mayor frecuencia en estadios de fútbol, canchas de tenis, circuitos automovilísticos o Campos Elíseos, pero es lo que ocurre cuando en lugar de escuchar el himno se berrea. Incapaces de aprender un lo-lo-lo-lo, como para aprenderse una letra hablando de gestas heroicas.

El legendario pasodoble Que viva España fue compuesto en los años 70 al parecer por un autor flamenco de la Bélgica que habla holandés para una cantante holandesa llamada Imca Marina. Está claro que los holandeses no tenían nada que hacer el pasado domingo.

Manolo Escobar lo lleva cantando nada menos que cuarenta años y, posiblemente, es el único señor que se sabe la letra. El resto de los españoles nos conformamos con gritar la-la-la que viva España y España es la mejor la-la-la.

Y es que ¿qué podemos esperar de un país que ni siquiera saber pronunciar correctamente su propio gentilicio? Yo soy e-pañó, e-pañó, e-pañó.

En todas estas tonterías divagaba yo a la vez que escuchaba el pasado miércoles el debate sobre el estado de la Nación.

Dicen que cada pueblo tiene lo que se merece. Y me preguntaba si nos merecemos más a nuestros deportistas o a nuestros políticos, porque es una manifiesta contradicción merecer las dos cosas.