Siempre se nos prohibió pisar el césped.
el 18 jul - 1 comentario
Quienes tenemos ya una edad recordamos a la perfección aquel anuncio de Terry de los años 60 en el que una rubia con los cabellos al viento trotaba sobre un corcel blanco por las playas gaditanas. La chica se llamaba Margit Kocsis, una pintora holandesa (aunque nacida en Indonesia) que se afincó en Mallorca. Para vivir de la pintura tuvo que combinar esta actividad con la publicidad, y gracias al spot publicitario de Terry se hizo muy popular montando el famoso caballo blanco. Murió en 1984, a los 43 años, tras una cruel enfermedad.
Disfrutamos mucho con aquel anuncio tal vez porque, en los mojigatos años del franquismo, desprendía un erotismo sublime cuando todavía no sabíamos lo que era el erotismo.
Mucho más tarde, cuando las autoridades empezaron a preocuparse más por nuestra salud que por nuestra moral, prohibieron los anuncios de bebidas alcohólicas de alta graduación y nos quedamos sin caballos blancos justo cuando las rubias ya habrían podido cabalgar completamente desnudas, con los pechos acariciados por la brisa marina.
Después prohibirían los anuncios de tabaco, de modo que ya nunca más pudimos ver al macizorro de Marlboro ni a su paquete.
Quisieron prohibir la venta de hamburguesas gigantes. Quieren prohibir que en los institutos se vendan aperitivos de bolsa o bollería industrial, o refrescos con calorías Prohibirán fumar en cualquier lugar público. Pretenden prohibir los toros, el burka, caminar sin camiseta, la publicidad de putas...
Siempre se nos prohibió pisar el césped. Pero -atención- siempre lo han hecho por nuestro bien.
Cuando era niño me llamaban la atención dos chapitas clavadas en las ventanillas de los trenes, sobre aquellas mesitas abatibles donde la madre nos preparaba unos bocadillos de salchichón en los interminables viajes de verano: Prohibido asomarse por la ventanilla y Prohibido escupir al exterior.
Hoy es normal ver por todas partes carteles que de manera incongruente nos advierten: Prohibido fijar carteles. En las propiedades privadas: Prohibido el paso excepto a comercios. Incluso he visto placas dentro de esas propiedades: Prohibido jugar con pelotas, con bicicletas, con patines... En la urbanización de unos amigos llegué a leer: Prohibido bañarse en la piscina.
Hace unas semanas, los pijos que de repente han descubierto la calle para manifestar sus quejas rescataron el viejo y trasnochado Prohibido prohibir del 68.
Yo prohibiría todo eso y muchas cosas más: los coches con las ventanillas bajadas y el chunta-chunta a todo volumen, hurgarse la nariz en lugares públicos, el vocerío en los bares, ir al híper en chándal...
El verano es muy propicio para prohibir. Yo prohibiría a los hombres llevar camisetas sin manga y enseñar el sobaco, o entrar en lugares públicos con bermudas mostrando las canillas peludas, o a cualquier persona subir al autobús sin un certificado de haberse duchado previamente. También prohibiría los refrescantes programas televisivos que durante estos meses nos torturan, o los torneos de fútbol veraniego.
Prohibiría la entrada de los niños en los restaurantes, la música de los centros comerciales abonados permanentemente a los berridos de Bisbal... Prohibiría los mismos centros comerciales. Prohibiría a Bisbal.
Pero claro, yo no soy gobernante, por suerte para todos.
Por eso estaría bien que nuestros gobernantes, o quienes pretenden gobernar, hicieran algo más que prohibir o sugerir prohibiciones.
Quitar de los institutos las máquinas expendedoras de comida basura no soluciona el problema de la obesidad infantil. Eliminar la presencia del burka en nuestras calles no evita que la mujer musulmana continúe siendo humillada. Suprimir en los periódicos los anuncios de contactos no rescata a las mujeres de las redes de prostitución.
Yo prohibiría la hipocresía.



Os invito a leer este post sobre el tema, que publiqué hace unos días en mi blog:
http://observadorsubjetivo.blogspot.com/2010/08/prohibido-no-proh...