El Rey y las corridas de toros.
el 3 ago - sin comentarios
Con tantos cuernos embistiéndole a diestro y siniestro, no me extraña que el Rey prefiera las corridas de toros.
La extrema derecha española siempre odió al Rey Juan Carlos. Y no porque, desde su perspectiva, traicionara al Caudillo, sino porque lo odiaron siempre. Tal vez el rey traicionó a Franco, pero fue para ponerse al lado de la democracia; su trayectoria a lo largo de todos estos años, 23-F incluido, lo demuestra. Hay traiciones que son gloria bendita.
Por ese motivo, buscan cualquier excusa para meterle en un brete, para ponerlo entre la espada y la pared. O, en este caso, entre el estoque y el burladero. Es decir, pretenden desgastar su afianzada imagen y el aprecio de la ciudadanía metiéndole a sabiendas en unos embolados en los que el monarca no puede hacer nada.
Esta gente prefiere una república en la que el presidente pudiera ser, quizás, José María Aznar. No en vano, bien sabidas son las simpatías que el rey siempre ha mostrado a Felipe y la frialdad con que trató a Aznar.
No es una locura. Tal vez recuerden aquello de hace años, acerca de la república constitucional que proponía García-Trevijano, con el apoyo de Pedrojota y Losantos. El asunto lo destapó Luis María Ansón, monárquico de pro, en unas declaraciones a la revista Tiempo en las que afirmaba que los miembros de la AEPI (Asociación de Escritores y Periodistas Independientes, de la que tanto Federico como Ansón eran miembros) habían planeado una conspiración republicana para desalojar a Felipe González del poder e intentar que el Rey Juan Carlos abdicara y proclamar Rey al príncipe Felipe, para posteriormente proclamar la República y nombrar al notario García-Trevijano como Presidente. Fracasaron y todo quedó como una aventurilla de locuelos periodistillas.
No obstante, siempre que puede, esta extrema derecha no pierde oportunidad de meter al Rey en compromisos incómodos, haciendo mucho ruido (dentro de sus limitaciones) para que el pueblo, al que creen zafio e ignorante, empiece a recelar de su monarca. A la vejez.
Ahora ven otra oportunidad en la abolición de las corridas de toros en Cataluña, sabiendo que Juan Carlos es gran aficionado a ellas.
La Gaceta, ese panfleto ultra de la familia de Intereconomía que tiene de logotipo un toro embistiendo (¿o es un búfalo furioso?; en cualquier caso, un cornudo cabreado), exige en portada:
"La Familia Real debe salvar la Fiesta Nacional".
A la ultraderecha -como a la ultraizquierda- siempre les ha gustado manejar mensajes subliminales, bastante burdos, es cierto. Por eso, debajo del titular colocan una fotografía de doña Sofía disfrutando de sus vacaciones en un yate por las costas de Mallorca. La reina nunca ha ido a una corrida de toros, pero en el texto recuerdan unas declaraciones suyas sobre los matrimonios homosexuales. Es evidente que no tiene nada que ver una cosa con otra (anda que no hay toreros gays), pero si todo se revuelve y se mezcla convenientemente, la imagen es de una monarquía que no hace nada más que veranear.
Y luego mandan a los mitos. Aquellos viejos toreros salidos de la más pura miseria a los que el hambre canina y la ignorancia les llevó a enfrentarse a un toro para luego babearle al general. Esos mitos que hablan de que el toreo es cultura pero ellos, después de tantos años y tanto dinero, siguen sin saber hacer la O con un canuto.
Dice Paco Camino, refiriéndose al Rey: "Come de la sopa boba y no se moja ni el labio. El pan y la panceta, todo para ellos". Naturalmente, estas declaraciones las hace en el diario arriba citado.
Curro Romero, mucho más moderado, había dicho en ABC: "Han prohibido las corridas porque no quieren ser españoles, pero el toreo no tiene culpa y estos señores no tienen por qué destrozarlo. Si esto lo hubieran llevado a un referéndum, los habríamos aplastado. Ahí solo hay cuatro ignorantes". Curro Romero asegura que no hay que perder la fe porque "ha escuchado a los del PP que van a impugnar la decisión. De momento está la cosa fea, pero no hay que perder la esperanza de que se hagan recursos", dice.
Así están las cosas. Después de 35 años seguimos sin saber lo que es una democracia. Algo tan simple como esto: Los ciudadanos eligen a sus representantes y éstos toman decisiones. Y, si creemos en la voluntad popular, las acatamos.
Y, si no, a joderse.



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