Cuando al leer una noticia veo un dato que no me cuadra, desconfío de la veracidad de la noticia entera. Y, sin que me apuren, desconfío del periodista y del medio.

La gacetilla de la que se hablaba aquí en el artículo anterior (La Gaceta, grupo Intereconomía) publica que la ministra Carmen Chacón y su marido Miguel Barroso (consejero delegado de Young & Rubicam España) compraron una casa en una zona residencial en la playa de Cosón que debe ser lo más exclusivo de la República Dominicana.

Nota al margen: La Gaceta y Libertad Digital lo publican en plena conmoción por lo sucedido esta semana en Afganistán, a pesar de que estos mismos medios informan que la compra se efectuó hace un año. Borreguitos: Nada es casual ni inocente.

Lo que me ha llamado la atención (aparte de la cutredad de foto con que ilustran la noticia, aquí a la izquierda) es que el precio de la lujosísima mansión (al parecer una parcela de 1.330 metros y 266 construidos, cuatro dormitorios y cuatro baños, además de una terraza de madera de 75 metros cuadrados y una piscina de 45) es de 600.000 dólares.

¡ 600.000 dólares ! Hagan la cuenta: 470.000 euros, aproximadamente. Unos 78 millones de pesetas.

Dice la noticia que alquilarla costaría una media de 4.000 dólares semanales, dependiendo de la temporada turística. Es decir, 16.000 dólares al mes (12.500 euros, más de dos millones de pesetas). Alquilándola, en menos de tres años se recupera lo invertido.

Algo no cuadra.

La noticia publicada por la gacetilla amarilla es recogida inmediatamente por el otro medio digital de la misma cuerda y, naturalmente, desencadena todo tipo de insultos hacia la ministra por parte de los opinadores que están más dispuestos a rasgarse las vestiduras que a coger una calculadora y darse cuenta de que algo falla.

Observen este anuncio de un piso en Madrid: 100 m2, 4 habitaciones, 2 baños, 15 años de antigüedad, 500.000 euros... ¡cinco millones de pesetas más caro que la mansión de la ministra! Ni piscina ni terraza ni parcela, eso sí, mucho más cerca del centro. Y con trastero.

No es mi intención criticar la oportunidad o no de que, dada la situación, una ciudadana española adquiera, o no, una propiedad fuera del país o dentro de él. La intención de este artículo es que meditemos sobre el grado de fanatismo al que hemos llegado que nos tragamos las noticias sin el más mínimo análisis personal.

Y como normalmente bebemos de una única fuente, nos hemos convertido en borreguitos. Indignados, eso sí, pero borreguitos.