Tal vez sea la política que más rechazo provoca entre, al menos, los no militantes del PSOE. Me encuentro entre ellos. Existe la firme impresión de que Leire Pajín es una muchacha advenediza, encumbrada a cargos de alta responsabilidad, primero en su partido y ahora en el gobierno de la Nación, sin mérito ninguno para ello.

Es cierto que es licenciada en Sociología y que su padre ya fue concejal del PSOE en Benidorm, pero ni una cosa ni la otra, ni siquiera haber sido Secretaria de Estado de Cooperación Internacional, le han dado, a sus 34 años, suficiente curriculum como para sentarse en la mesa del Consejo de Ministros.

Uno de los mayores errores de Zapatero, y han sido muchos (todos, dirán algunos), fue sacrificar -o menospreciar- la prudencia de la experiencia por el arrojo que se supone tienen los jóvenes. Es decir, consideró la juventud como un mérito per se, olvidándose de que todos hemos sido jóvenes e ignorando el refranero que dice que la experiencia es la madre de la ciencia y que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Otro refrán nos recuerda que rectificar es de sabios: bienvenida sea la potenciación de Rubalcaba o la recuperación de Jáuregui.

Pajín nunca me gustó: ni como Secretaria de Estado ni como número tres del PSOE. Demasiado impostada, como si estuviera en un ejercicio de oratoria en un instituto de secundaria... Soraya Sáenz de Santamaría me produce el mismo efecto.

Reconociendo la injusticia de los prejuicios, me temo que Leire Pajín tampoco me va a gustar como ministra, al margen de que el Ministerio de Sanidad y etcétera es un ministerio residual, casi testimonial, cuya única misión sería coordinar las políticas sanitarias y etcétera de las comunidades autónomas que tienen transferidas todas las competencias, o con las de los países de nuestro entorno.... que tampoco es poco.

Pero todo lo escrito hasta aquí no me da derecho a insultarla ni a vejarla. Las palabras del alcalde de Valladolid muestran que (diga lo que diga él mismo ahora intentando disculparse), el machismo casposo, halitoso, de baboso viejo verde, emerge a la superficie desde las más profundas oscuridades del pensamiento cavernícola.

"Cada vez que la veo la cara y esos morritos pienso lo mismo, pero no lo voy a contar aquí".

Dejando a un lado el imperdonable laísmo viniendo de un alcalde de Valladolid, la ciudad que presume -posiblemente con razón- de ser la que habla el mejor castellano, el contenido de la frase es de una repugnancia insoportable. Si no algo más viniendo de un alto cargo público.

Francisco Javier León de la Riba, que así de pomposo es el nombre del regidor vallisoletano, no critica la gestión de Pajín -donde tiene suficiente materia-, sino que habla de sus morritos y lo que éstos le sugieren...

Como todo machista en el fondo es un cobarde. Por eso ahora pide disculpas y dice que lo mismo podría haber dicho de la calva de Rubalcaba... O de la suya propia, añade jocoso.

Yo no sé nada de las perversiones de León de la Riba (algo que forma parte de su más estricta intimidad), pero sin duda de la calva de Rubalcaba o de la barriga de Moratinos no habría tenido problemas en comentar, pero de "esos" morritos de Pajín... "no lo voy a contar aquí".

No creo que León de la Riba deba dimitir ni dejar la política ni nada de eso... Es algo que decidirán los vallisoletanos. Sólo quiero hacer notar que en nuestra concienciada sociedad occidental paritaria e igualitaria, el machismo está latente, sale a la superficie en cualquier momento, en las charlas de bar, en los chistes... en las declaraciones espontáneas de nuestros verborreicos políticos cuando se ponen delante de un micrófono. Las televisiones han hecho un barrido de abajo a arriba mostrándonos desde los zapatos hasta el peinado de las nuevas ministras, deteniéndose y comentando sus respectivas indumentarias... no así de los nuevos ministros.

No quiero ser políticamente correcto, pero este tipo de anécdotas contribuyen -sin duda sin quererlo expreseamente- a que siga abierto el cruel grifo de la violencia sexista.