Dice el CIS que Rubalcaba acorta las distancias de intención de voto con Rajoy y se sitúa a 7 puntos. Son muchos todavía, pero hace tres meses la diferencia era de 10'4.

Naturalmente, desde el Partido Popular y sus cheerleaders mediáticas se han lanzado a dudar de la fiabilidad de los datos y a desprestigiar al instituto público.

Qué curioso, ¿verdad?

Cuando el mismo organismo les daba cada vez más ventaja sobre el partido socialista, los mismos que ahora lo denigran utilizaban esos datos para exigir al gobierno -qué novedad- el adelanto de las elecciones.

¿De verdad cree alguien que esos datos -favorables o desfavorables- van a influir en la intención de voto de los ciudadanos? ¿Tan tontos nos creen?

La misma encuesta señala que en confianza, por ejemplo, el 31'1% de los ciudadanos confía mucho o bastante en Rubalcaba, frente al 19'8% de Rajoy. Pero el candidato socialista le aventaja también -a ojos de los ciudadanos- en eficacia, diálogo, capacidad de negociación, visión de futuro... ¡incluso en honestidad!

El PP y y sus cheerleaders mediáticas pueden hacer lo que es tan corriente en nuestro país: echar balones fuera y acusar a otros. Nunca se hace autocrítica.

Pero la verdad es que llevamos años viendo a un líder de la oposición, candidato a la presidencia del gobierno, tumbado a la espera de ver el cadáver de su enemigo pasar y -entonces y sólo entonces- tomar posesión del sillón de la Moncloa para...

¿Para qué? Eso es lo que no sabemos. ¿Para seguir dormitando? ¿Así resolverá nuestros problemas?

Porque esa percepción de ineficacia, de incapacidad, de pereza, de indolencia, la ha ido transmitiendo Rajoy -no el CIS- día a día, semana a semana, mes a mes, año tras año... Incluso cuando pasó por tantos ministerios cuando gobernaba el PP, pasos de los que nadie tiene memoria.

Pero la culpa, ya se sabe, es siempre del apuntador.