Que la objetividad no es una virtud humana puede constatarse a cada paso en la vida. Lo que negamos a otros lo deseamos para nos. Y viceversa.

Los resultados electorales dan buena fe de ello. Las reglas del juego son las que son. Algunos nunca quisieron darle a Zapatero la legitimidad que sí le dieron las urnas. Su mayoría minoritaria ha sido permanentemente cuestionada. Y ahora se lanzan a los ruedos, exultantes, alardeando de la mayoría absoluta (¿absolutista?) del Partido Popular.

Es verdad. Rajoy (el que  hasta anteayer era menospreciado por el llamado TDTparty, que quería encumbrar a Aguirre) ha conseguido una aplastante mayoría absoluta que le permitirá hacer y deshacer a su antojo. Y sus cheerleaders mediáticos pueden hacerle la ola, se les puede caer la baba o pueden impúdicamente intentar marcarle el rumbo a su ahora gran líder,  estadista de altura mundial.

 Pero hasta en este caso tan claro, los datos son crueles incluso con el ganador.

La democracia (dicen, o al menos eso creía yo hasta que los mercados empezaron a poner y quitar gobiernos) es la expresión de la voluntad popular. Los ciudadanos con derecho a voto -que figuran en el censo electoral- expresan de manera libre e individual esa voluntad y, por tanto, tan legítimo es un voto como una abstención.

Resulta que el PP logró la aplastante mayoría que reflejan todos los gráficos de color azul.

Sin embargo, sólo consiguió el 30% del voto del censo electoral, es decir, de todos los españoles adultos que podían votar. O lo que es lo mismo: el 70% (votantes de otras opciones y abstencionistas) no dieron su voto al partido de Rajoy.

Por tanto, aunque dispongan del 53'14% de los escaños del Congreso, y considerando que ni siquiera alcanza el 50% de los votos emitidos válidos (44'62%), no se debería hablar tan a la ligera de que la mayoría del pueblo español ha optado por el Partido Popular y, por consiguiente, la mayoría de los españoles estará de acuerdo con las medidas que el nuevo gobierno adopte para atajar la crisis.

Pero es que, además, los datos constatables indican que tampoco ha habido un movimiento hacia la derecha que representa el PP. En 2008 consiguió un 29'31% de los votos. El pasado domingo, el 30'27%. Una diferencia del 0'96% de votos. O, traducido a personas, 552.683... que comparado con los 4.315.455 votos que ha perdido el PSOE, es una cifra absolutamente ridícula que habla del techo que tiene el PP.

El estilo de oposición que ha liderado durante estos últimos años Mariano Rajoy sólo le ha reportado  poco más de medio millón de votos. A pesar de los grandiosos resultados, hay que reconocer que es una pobre y débil cosecha.

Y ya metido en datos, es interesante recordar que el tan denostado gobierno de Zapatero surgido de las urnas en 2008 lo hizo gracias al apoyo de 11.289.335 ciudadanos, es decir, 458.642 más que los que ahora ha logrado el PP.

Por mi parte, nada que objetar a la victoria de Rajoy. Pero, con todos estos datos, producen sonrojo esas expresiones grandilocuentes acerca de que "los españoles, en su gran mayoría, han decidido" lo que dibujan los gráficos.

Es evidente que sólo los datos son objetivos. Las interpretaciones que se hagan de éstos, nunca lo son.