La 9ª acepción que nuestro diccionario da a la palabra política es "actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo". Vista desde este punto, la política no sólo no es mala sino que, además de saludable, es inevitable, porque incluso la negación de la política es una actitud política.

Por tanto, el problema no es que politicemos todo, desde las cuentas públicas, la sanidad, la educación o la cultura, hasta las luces navideñas, la línea del tranvía o el diseño de las farolas de la calle Mayor de nuestro respectivo pueblo. Todo eso son asuntos públicos que deben interesar al ciudadano.

El problema que tenemos en España es la politización partidista de todos los asuntos públicos. Primero miramos quién lo dice y luego tomamos posiciones sin saber siquiera qué ha dicho y, por consiguiente, sin pararnos un solo minuto en analizar de manera independiente nuestro propio pensamiento al respecto. Nuestro pensamiento político. Resulta divertido (o descorazonador, tal vez) comprobar cómo el mismo asunto es aplaudido por unos y denostado por otros en función del color político que tenga el gobernante.

Pondré algunos ejemplos.

Muchas ciudades han instalado -o lo están haciendo- líneas de tranvía. Pues bien. En las ciudades donde el ayuntamiento es socialista, este medio de transporte es duramente criticado por los ciudadanos que apoyan al PP. Y viceversa. El tranvía es el mismo. Iguales las ventajas e inconvenientes en un lugar y en otro. Lo único que cambia es el signo político del alcalde de turno que lo promueve.

El diseño de las farolas me gusta por modernas y vanguardistas si el alcalde es de mi partido y son adefesios impresentables si mi partido está en la oposición.

Más grave es el asunto de las rotondas. Porque hay que tener valor para defender lo indefendible, tenga uno las simpatías políticas que tenga. Pues hay gente que lo hace.

Somos ciudadanos tan acomodados que nos dejamos manipular e influenciar con una sencillez pasmosa.

Y para justificar con argumentos sólidos nuestra opinión, no dudamos en recurrir a los medios de información.

Y ahí es donde se culmina este proceso de aburramiento (convertirnos en burros que rebuznan) porque en España hace décadas -tal vez siglos- que la prensa no informa, sino que instruye, es decir, da instrucciones, marca el camino, toma partido por una u otra senda, y ha llegado al extremo de autoproclamarse desvergonzadamente generadora de opinión.

Un proceso que finalmente triunfa cuando llegamos a pensar que el único pensamiento válido es el nuestro, que la única opinión independiente es la nuestra, y que quien no piensa y opina como nosotros es porque está cegado por la ideología o tiene una venda en los ojos que le impide ver la única realidad.

Y la única verdad es la nuestra.

¿Recuerdan aquello de la paja en el ojo ajeno? ¿O lo de que no hay peor ciego que quien no quiere ver? Reconocerán fácilmente a la persona que ha logrado el aburramiento: Utiliza los mismos latiguillos, las mismas expresiones vejatorias, las mismas justificaciones para ensalzar o degradar que esos medios de comunicación con los que se siente tan identificado, tan partícipe.

En realidad, tan manipulado, tan fanatizado. Pero él no lo verá, porque son los otros los que tienen tienen una venda en los ojos. Y para él serán los otros los manipulados o los fanatizados.

Y creerá que sus rebuznos son la constatación de la realidad diáfana e incuestionable.

Pues allá cada cual con sus rebuznos.